Mientras veía fijamente la pantalla de la computadora recordó y se sintió a como el primer día en esa misma silla fría de plástico. A lado en el dormitorio, al fondo, la única ventana existente topaba con una pared que no dejaban entrar, a las 10 de la mañana un rayo de sol. Las paredes azul oscuro insultaban la idea de luminosidad que el foco prometía. Los llantos de un par de niños en la madrugada no dejaban dormir. No dejaba de ver las maletas apenas desempacadas.
Aquella tarde se arrepintió de no haber hecho comida de despedida. Cayó en la cuenta de que dejó casa para ir sola a otro lugar. Solo a su salida vio las manos ondeando de sus padres que le decían adiós. Ningún amigo presente. No hubo necesidad de despedidas. No las hubo, por que no se dio cuenta de que se estaba yendo hasta que se encontró en ese cuarto sola, en una ciudad muy grande sin nadie a quien abrazar o a quien darle los buenos días.
Los edificios eran demasiado grandes, todos los coches pitaban intransigentes a su alrededor ignorando el mundo, la gente era mucha. Y así, no había nadie.
Después de unos meses, ahora, mientras veía fijamente la pantalla de la computadora, no notó la oscuridad.
Sin remordimiento, guardó la ya perpetua cajetilla de cigarros en el bolsillo del pantalón viejo y desgastado, busco en su maltratada libreta los números telefónicos de cuartos baratos que anotó en la mañana, preguntándose a cual llamar, por que en unos días no tendrá donde dormir. Dejo de buscar, a su lado sonó el celular entre una pila de papeles por leer, topó con la cartera ya medio vacía que le preguntó por el trabajo que debía conseguir si quiere seguir ahí.
Mientras veía fijamente la pantalla de la computadora, encontró las fotos recientes de las veces que se subió a un camión sin compañía y sin saber que encontraría. Encontró experiencias nuevas. Alcohol, música, gente no solo de Cuernavaca, Aguascalientes, el estado de México, Guanajuato, Puebla, si no también de Japón, Corea, Canadá, República Checa, Austria y Alemania. Encontró la certeza de que uno se tiene a uno mismo, aquí, ahora y siempre. Que más dueña de su destino no puede ser.
En medio de los papeles había una nota que escribió melancólica hace unas tardes:
Probablemente no me quisiste, no a como yo lo hice.
Gracias, por que con esta pasión que aun no entiendes de donde salió, me dejaste quererte y con eso me bastó. Por que me diste tardes en el pasto con figuras dibujadas en el cielo, por que las tutsi pops ya no serán lo mismo. Por que no te odio, te quiero. Te extrañaré. Ya te extraño.
Debo irme, voy a conseguir donde dormir, a buscar trabajo, a comenzar a ver las maletas para regresar a casa.